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jueves, 24 de enero de 2013

El patrimonio cofrade III: El retablo



Retablo de la Virgen de la Concha, Zamora
Las cofradías y hermandades han formado su patrimonio siempre en función de las dos actividades principales desarrolladas en torno a sus titulares: actos de culto interno y actos de culto externo. Dejando a un lado el arte efímero desarrollado en los actos de culto interno, que merece capítulo propio, las cofradías necesitaban para celebrar sus funciones un lugar digno donde exponer a sus imágenes en las capillas e iglesias en que residían.

El Diccionario de las Nobles Artes (Diego Antonio Rejón de Silva, Segovia, 1788) define el retablo como adorno que consta de uno o más cuerpos de arquitectura para colocar dentro una imagen y darle veneración. El retablo es una obra de arte con entidad propia que por su naturaleza suele considerarse parte del bien inmueble en el que se asienta. Aunque la propia etimología del término nos lleva a la madera, como material de la realización, su definición engloba todo tipo de materiales.

La construcción de retablos, en sus distintas versiones, ha sido y es una necesidad común en el mundo de las cofradías. La tradición artística española ha otorgado al retablo el papel principal como solución creativa para la exposición al culto de las imágenes de devoción, por ello la preocupación de las hermandades por poseer retablos dignos que realzasen la presencia de los titulares en sus templos resulta una constante en el tiempo.

Capilla de Ntra. Madre, Zamora s.XVIII
En los primeros estadios de la exposición al culto muchas imágenes ocupaban hornacinas o peanas que, no contando con grandes ornamentaciones, servían para el acercamiento a los fieles. Esto no se debe confundir con cierta costumbre de exponer las imágenes en arcosolios, los lucillos sepulcrales son elementos de carácter funerario cuyo aprovechamiento como lugar para exponer imágenes sagradas parece poco apropiado.

Las hermandades han sido auténticas promotoras de la evolución del arte retablístico, los primeros retablos que encargaban las cofradías solían albergar las denominadas imágenes de pincel, representaciones pictóricas de la advocación titular de la cofradía. A modo de ejemplo, a finales del siglo XV la cofradía del Señor Santiago de Zamora poseía un retablo con una imagen pintada del santo compostelano; también la cofradía de santa Lucía de la localidad mallorquina de Llucmajor encargaba en 1448 el retablo de la titular al pintor Rafael Moger.


La época de esplendor de las cofradías es pareja al auge del retablo. Durante los siglos XVII  y XVIII el encargo de retablos forma parte de las necesidades de las hermandades para dar culto a sus titulares en las iglesias y capillas. Valladolid es uno de los lugares donde hay más ejemplos de retablos notables encargados por cofradías, así la iglesia Penitencial de la Vera Cruz acoge un total de nueve retablos, siendo el retablo mayor, bendecido en 1681, y los ocupados por el Ecce Homo y Jesús atado a la columna los más destacados. Los altares de las cofradías no se limitaban a acoger solo las imágenes titulares, aquellas hermandades que poseían más fondos o contaban con notables benefactores, encargaban a pintores y escultores la decoración de las calles y áticos del retablo, en esta línea podemos hablar del recientemente restaurado retablo de Nuestra Madre de las Angustias de Zamora. Obra documentada de 1680, que acoge cinco tablas en su ático, calles laterales y predela.  

Retablo de la Virgen del Subterráneo, Sevilla
Con todo ello, el paso del tiempo ha consignado muchos retablos a testimonios documentales, diversos factores han generado que hoy en día no se conserven gran parte de los retablos de las cofradías. Uno de los motivos más comunes es la sucesión de traslados y cambios de sede. Las cofradías, motivadas por el estado de los edificios, por necesidades de espacios o por fusiones con otras hermandades,  han solido verse obligadas a cambiar de iglesias o capillas. Algunas de ellas lo han hecho con sus retablos, por ejemplo la hermandad de los Gitanos de Sevilla trasladó su retablo de la iglesia de san Román a la capilla sacramental de su actual sede,  pero otras veces el retablo permanecía en el templo de origen como el actual retablo de la Virgen del Subterráneo, en la iglesia de la Consolación (vulgo los Terceros), que perteneció a la hermandad del Amor durante su estancia en este templo sevillano. 

En otras ocasiones la perdida de retablos se debe a las transformaciones originadas por los cambios de estilo, así los retablos barrocos sustituyeron obras renacentistas, y a su vez fueron remplazados por obras neoclásicas, a lo que hay que añadir que en muchas ocasiones los medios limitados de las cofradías suponían que los nuevos retablos no eran necesariamente de igual o mayor valía.

En otros casos los retablos han sido modificados y adaptados según crecía la historia de la hermandad, siendo la imposición de la figura arquitectónica del camarín uno de los causantes de la intervención de muchos retablos de imágenes de devoción. El camarín es un espacio adyacente, que se adosa tras la hornacina donde se venera la imagen, que genera una suerte de habitación en la que se pone de manifiesto el esplendor del teatro barroco conjugando los juegos de luces, el  exorno y los ornamentos arquitectónicos. Su desarrollo se extiende a lo largo de la península, especialmente relacionado con las imágenes de la Virgen, transformando la fábrica de las iglesias como en la iglesia románica de San Isidoro de Zamora, en cuyo camarín recibe culto la Virgen del Carmen. A menudo la construcción del camarín formaba parte del proyecto del retablo, pero a veces se mantenía el retablo anterior procediendo a adaptarlo a las nuevas medidas. La presencia del camarín fue generando la creación de nuevas estancias: armarios, tesoros, antesalas  o escaleras de acceso. Buen ejemplo es el camarín de la Virgen del Rosario de Granada, en el que se suceden diferentes salas recubiertas de pinturas, lámparas, espejos y relieves que hacen gala de la máxima horror vacui.

Camarín de la Esperanza Macarena, Sevilla
Pero si un problema ha sido común a los retablos históricos es su destrucción, bien fortuita o intencionada, a veces propiciada hasta por la hermandad o las instituciones religiosas. Los incendios han sido la causa principal de destrucción fortuita de retablos, derivados de la falta de precaución en el encendido y apagado de las candelerías que iluminaban a las imágenes de devoción o los artificios elaborados para los grandes cultos.  El diario de Antonio Moreno de la Torre recoge un incendio fortuito, felizmente apagado, durante la celebración de las 40 horas en la iglesia de San Juan de Puertanueva en Zamora en 1678: Luego se prendió una vela al roquete del ángel de mano derecha, que con la vocería del concurso, los colgadores y tramoyeros (…) quiso su Divina Majestad dar campo y carrera para apagar el incendio y matar la vela. Al igual que le ocurrió a este altar efímero, una vela mal encendida o mal apagada suponía el inicio de un fuego que sin una respuesta rápida tenía funestas consecuencias, más aún si en la mayor parte de las ocasiones los incendios se producían estando la iglesia vacía por rescoldos o mechas no apagadas.

Retablo de la Virgen de la Amargura, Sevilla
Con todo y con ello, la imprudencia no ha sido el motivo más general de la destrucción de los retablos. Los sucesos bélicos, invasiones y levantamientos han causado grandes pérdidas de patrimonio por parte de las cofradías, siendo los retablos una de las piezas más difícil de salvaguardar por sus dimensiones y su fijación en muchas ocasiones al templo en el que se ubica. Pero también la desaparición de retablos ha estado amparada por decisiones de las cofradías, responsables de cultura o el clero. 

La reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II reducía el papel de los retablos en las celebraciones, pasando de ser el espacio ante el que se celebraba la Misa a un mero telón de fondo, ello unido a cierta crítica a la suntuosidad y un desprestigio del arte barroco pusieron en peligro la conservación de algunos retablos. La recuperación de los templos románicos y góticos fue el golpe definitivo a la presencia de retablos en determinadas zonas de España, se primaba la visión de la piedra desnuda sobre los elementos accesorios. Un caso especialmente llamativo es el de Zamora, de las dieciséis cofradías penitenciales solo una de ellas, Nuestra Madre de las Angustias, tiene expuesta en la actualidad su imagen titular en un retablo a pesar de conservarse testimonios de la existencia de los retablos de las hermandades hasta avanzado el siglo XX.

La natural necesidad de exponer al culto las imágenes de las cofradías en retablos y altares ha impulsado también la recuperación de antiguos retablos abandonados o sin uso.  La hermandad sevillana de la Virgen de la Amargura, ante el deseo de sustituir el retablo mayor de su sede y trasladar a él su imagen titular, adquirió en 1960 un retablo antiguo para remplazar el altar neoclásico obra de Juan de Astorga. Se trata de un retablo rococó procedente del convento de San Felipe Neri de Carmona, habiendo sido entablado en 1777 por Francisco González Guisado. De esta forma se ponía en valor una pieza que de otra forma probablemente se hubiese destruido o repartido por piezas. Un caso similar se vivió en la Hermandad de la Esperanza de Triana al reabrir al culto la capilla de los marineros, en este caso se adquirió un retablo procedente del convento de la Merced de Osuna.

Retablo del Cristo de la Expiración, Sevilla
En la actualidad los retablistas siguen teniendo en las cofradías su principal fuente de ingresos. Con un gusto muy  marcado por el neobarroco las cofradías han encargado nuevos retablos, aunque en su mayor parte reducidos al banco y hornacinas, Hermandad Dominicana de Salamanca o la Cofradía del Carmen Doloroso de Sevilla. No obstante de forma puntual se emprenden ambiciosos proyectos que pretenden recuperar el esplendor de los artesanos ebanistas en la construcción de retablos. En los últimos años uno de los más destacados proyectos ha sido el retablo para el Cristo de la Expiración, de la hermandad sevillana del Cachorro, una obra de grandes dimensiones bajo diseño de Javier Sánchez de los Reyes, que ha concitado disparidad de opiniones. La hermandad del Paso y Esperanza se enfrenta en los próximos años a la anhelada construcción de un retablo para el presbiterio de su basílica, con una propuesta de Pablo Paniagua Utrera de grandes dimensiones y estilo ecléptico en atención a la propia idiosincrasia de la cofradía.





Foto 1: Retablo de la Virgen de la Concha, siglo XVI. (La calle central se sustituyó a comienzos del siglo XVIII). Iglesia de San Antolín, Zamora.

Foto 2: Grabado de la capilla de Nuestra Madre de las Angustias, 1747. Fuente: web de la hermandad. Zamora. 

Foto 3: Retablo de la Virgen del Subterráneo, iglesia de Nuestra Señora de la Consolación (Los Terceros), Sevilla. Antiguo retablo de la hermandad del Amor.

Foto 4: Camarían de la Esperanza Macarena, Basílica de la Esperanza Macarena, Sevilla.

Foto 5: Retablo mayor de la iglesia de San Juan de la Palma, Sevilla. Fuente: Hermandad de la Amargura wwww.armagura.org 

Javier Prieto, Gestor Cultural


martes, 15 de enero de 2013

El patrimonio cofrade II: Arquitectura



Capilla de la Hdad. Tres Caídas, S.Isidoro

La constitución del patrimonio de las cofradías sigue una línea de prioridades, casi a la manera de la pirámide de Maslow, una vez que se cuenta con una imagen a la que rendir culto es necesario buscarle un espacio donde hacerlo, de esta manera se impulsa la instalación de altares, retablos, la construcción de capillas e incluso en algunos casos la erección de iglesias propiedad de la cofradía.

La arquitectura promovida por y para las cofradías suele estar marcada por la funcionalidad de los espacios, templos adaptados para el culto a las imágenes titulares y la organización de la vida de la cofradía, suelen contar con puertas amplias para la organización de procesiones y en ocasiones con espacios anexos para almacenamiento y tesoro. No obstante, insistiendo de nuevo en los múltiples matices del patrimonio cofrade podemos hablar de varias categorías de arquitectura cofrade.

El espacio arquitectónico más común es la capilla, construcciones anexas a la iglesia titular en la que se erige la cofradía que solían ir acompañadas de una fundación para sostener su conservación. Se solían cerrar mediante rejería y acogían las imágenes titulares durante el culto diario, celebrándose las funciones en la propia capilla, mientras que para las celebraciones principales se solían trasladar las imágenes al presbiterio del templo.

Capilla Hdad. de los Javieres, Omnium Sactorum
En un principio se trataban de pequeños espacios anexos a la iglesia matriz. Un buen ejemplo es la actual capilla de la Hermandad de los Javieres, donde se fundaría la Hermandad del Silencio en 1340, una capilla de planta cuadrada, cubierta por una cúpula sustentada sobre trompas (SILENCIO, nº130, pags. 42-43). A medida que avanzan los siglos las capillas anexas amplían sus dimensiones, adquiriendo casi planta de iglesia, aunque comunicada con el templo matriz, buen ejemplo son la capilla de Nuestra Madre de las Angustias de Zamora construida a partir de 1581 junto a la iglesia de san Vicente Mártir o la capilla de la Hermandad del Silencio de Sevilla en su actual templo de San Antonio Abad (SILENCIO, nº130, pags. 44-48). Pero de entre todas las cofradías el principal exponente en cuanto a construcción de capillas en el interior de las iglesias son las hermandades sacramentales titulares de las grandes capillas dotadas de valiosas obras de arte destinadas a guarecer y fomentar el culto al Santísimo Sacramento.

Otra tipología de construcción recurrente eran los humilladores y ermitas, pequeños edificios por lo general construidos en las afueras de la localidad. Suelen estar vinculados a procesiones, rogativas y romerías, como la Ermita del Cristo de Valderrey en Zamora.  Con los mismos criterios de espacio reducido se construían también pequeñas capillas urbanas, muchas de ellas perdidas por el desarrollo urbanístico, Ermita de Ntra. Sra. del Socorro en las inmediaciones de la plaza de Viriato de Zamora; o ampliadas por el desarrollo de la hermandad, capilla del Baratillo en Sevilla. Los procesos de desamortización también fomentaron la presencia de capillas en el entramado urbano, muchos conventos y hospitales desaparecieron quedando sólo en pie las capillas custodiadas por cofradías y hermandades, capilla de la hermandad de Monte Sión en Sevilla.

Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz, Valladolid
La etapa de esplendor que las cofradías vivieron durante el barroco propició la construcción de templos propios. Las cofradías decidían levantar sus propias sedes para albergar a sus titulares y celebrar sus nutridas funciones, motivadas además por la búsqueda de cierta independencia respecto al control de la parroquia. Se trata de un fenómeno común en Castilla y León, especialmente en Valladolid donde las grandes cofradías erigieron notables templos símbolos de su época de mayor auge: iglesia de la Pasión construida a partir 1577 por la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo,  de la misma época son las iglesias de la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz y la de la Ilustre Cofradía Penitencial  de Nuestra Señora de las Angustias. Aunque algo más tarde, ya a mediados del XVII, también construye iglesia propia la Insigne Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno.  Un ejemplo singular por su gran belleza es la iglesia de la Vera Cruz de la cofradía homónima de Salamanca, erigida bajo proyecto de Gil de Hontañón a mediados del siglo XVI fue reformada por Joaquín Churriguera en 1714 y declarada BIC el 25 de marzo de 1983.  En Sevilla, encontramos dos ejemplos: la iglesia de Nuestra Señora de la O, construida por la cofradía sobre los terrenos de un antiguo hospital en 1702 (desde 1911 cedida para uso parroquial), y la iglesia de San Antonio Abad, propiedad de la Hermandad del Silencio por  donación de S.M. Carlos IV mediante Real Orden de 15 de septiembre de 1793.

Basílica de la Esperanza, Málaga.
A partir de mediados del siglo XX la nueva etapa de esplendor de las cofradías, especialmente penitenciales, provoca un nuevo proceso de reforma y construcción de templos y capillas que encuentra su respaldo en la autoridad eclesiástica con la concesión a varios de ellos del rango litúrgico de Basílica Menor. Así las dos grandes devociones de Sevilla inician el proceso para la construcción de templos propios, en 1949 la Hermandad de la Macarena bendice su nuevo templo de planta tradicional con gran nave central, amplío presbiterio y capillas laterales;  por su parte la Hermandad del Gran Poder bendice su nueva capilla, de planta circular, en 1965.  Ambas iglesias fueron posteriormente consagradas como Basílicas, la de la Esperanza Macarena en 1966 y la dedicada al Señor de Sevilla en 1992. También en 1988 la Hermandad malagueña del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza construyó un nuevo templo para sus imágenes titulares consagrado como Basílica menor el mismo año. En fechas recientes ha alcanzado este rango la capilla de la hermandad del Cachorro, siendo la primera basílica del barrio de Triana.

Las cofradías no solo tenían capillas e iglesias, la actividad de la hermandad exigía la tenencia de dependencias anexas vinculadas a sus distintas naturalezas: hospitales para labores asistenciales (Cofradía de Jesús Nazareno, Córdoba),  paneras o salas de pasos (Hermandad de la Crucifixión, Medina de Rioseco) o las actualmente conocidas como casas de hermandad. De este último tipo de construcciones, dedicadas a la atención de los cofrades y las tareas rutinarias de la cofradía,  una de las primeras referencias la encontramos en Zamora  y en el año 1503. En las Ordenanzas de Nuestra Señora de San Antolín y del Señor Santiago de la ciudad de Zamora, actual Cofradía de Ntra. Sra. de la San Antolín o de la Concha, se cita la existencia de una sala de la cofradía en donde los cofrades se reunían para compartir decisiones y mantel, se encontraba en la calle Toral situada en los aledaños de la sede la cofradía. 


Otros capítulos:


II. Arquitectura 
III. Arte mueble
IV. Textiles y orfebrería
V. Música, arte efímero y escenografía.
VI. Documentación y testimonios gráficos.
VII. Patrimonio inmaterial


Fotografía 1: Capillla de la Hermandad de las Tres Caídas, iglesia de San Isidoro, Sevilla. Fuente: Archivo Javier Prieto.

Fotografía 2: Capilla de la Hermandad de los Javieres, iglesia de Omnium Sanctorum, Sevilla. Fuente: Blog Leyendas de Sevilla. Autor: Pepe Becerra.

Fotografía 3: Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz de Valladolid. Fuente: Blog Domus Pucelae. Autor: Vicente Camarasa. 

Fotografía 4: Basílica de la Esperanza, Málaga. Fuente: Web Archicofradía del Paso y la Esperanza, Málaga.

Javier Prieto, gestor cultural.

lunes, 14 de enero de 2013

El patrimonio cofrade I: Escultura y pintura

Detalle, Aparición de Ntra. Sra. de S.Antolín

El carácter devocional que impulsa y nutre a las cofradías ha motivado la tenencia de valiosos enseres destinados a los oficios religiosos y el ornato de las imágenes titulares, adquiridos por encargo de la propia institución o mediante donaciones y contribuciones de devotos y benefactores. El acervo patrimonial de las cofradías generado por el paso de los siglos nos ofrece hoy un conjunto de incalculable valor y gran riqueza de matices. 

Su puesta en valor debe partir primero de la propia cofradía: reconociéndolo, procurando su inventariado y conservación, y especialmente velando por su natural puesta en valor dedicándolo al fin para el que nació; para ya en una segunda etapa analizar su valor cultural y su posicionamiento para ser aprovechado por el resto de la sociedad, en lo cultual pero también en otras muchas facetas, que desde el respeto a su fin primordial, enriquezcan el valor y el contenido de los bienes mediante su gestión y aprovechamiento.


La dimensión y variedad de este patrimonio es una de sus fuentes principales de riqueza, cada pueblo ha aportado a sus cofradías matices, personalidad, artesanías, idiosincrasias que han dado lugar a que una misma institución, las cofradías, tengan manifestaciones muy diversas en función del lugar y la sociedad en la que se integran. Se trata de un fenómeno que no afecta de forma tan clara al patrimonio eclesiástico con matices derivados de las escuelas locales y regionales, pero siempre supeditado a los grandes estilos artísticos.

A priori el patrimonio más común y fácilmente reconocible en las cofradías es el escultórico, su naturaleza las ha impulsado a adquirir representaciones de sus advocaciones titulares. Son varios los ejemplos de hermandades que cuentan entre sus imágenes titulares con auténticas joyas de la historia del arte: El Gran Poder, de Juan de Mesa, de la  cofradía homónima en Sevilla; Jesús atado a la columna, obra de Gregorio Fernández, de la cofradía la Vera Cruz de Valladolid o la Inmaculada, también del mismo autor, de la Vera Cruz de Salamanca

La evolución de las propias hermandades ha generado además un amplío conjunto de imágenes sustituidas, figuras secundarias de los pasos procesionales, ángeles y representaciones vinculadas al arte efímero, que en ocasiones por no ser su naturaleza principalmente cultual pueden pasar desapercibidas a pesar de su valor o se encuentran en un segundo plano devocional.  Un significativo ejemplo del valor de estas imágenes sustituidas lo encontramos en la Hermandad Servita de Cádiz y su imagen fundacional: la Virgen de los Dolores, realizada en 1729 por el escultor José Montes de Oca.  Se trata de una talla marcada por los rasgos reconocibles de la obra del autor sevillano y que es custodiada por la orden seglar desde su ejecución a pesar de haber sido remplazada por la actual titular en fechas muy tempranas, ha sido restaurada por Pedro Manzano en 2011.

Las colecciones pictóricas de las cofradías pueden dividirse por lo general en dos grandes categorías en función de si están destinadas al culto o bien forman parte de la decoración de capillas y estancias. Las primeras responden a  la misma necesidad que las imágenes escultóricas, tener un soporte material de la devoción que sostiene la cofradía, siendo habitual en las cofradías de ánimas y en las hermandades que tienen como titular advocaciones antiguas. En esta línea hay que señalar, por lo meritorio de la intervención, la reciente restauración de la capilla de la Virgen de Roca-Amador llevada a cabo por la Hermandad de la Soledad de San Lorenzo de Sevilla,  en la que se ha intervenido el icono pictórico que recoge esta advocación titular de la cofradía. (ver noticia). 

Virgen de la Soledad, Medina del Campo
Pero también las cofradías adquirían y encargaban cuadros destinados a decorar sus capillas e iglesias, solían recoger representaciones de santos vinculados a la cofradía, advocaciones cercanas y en los mejores casos reflejaban aspectos de la propia cofradía, así son comunes los cuadros dedicados a Vírgenes aparecidas en los que se narra el hallazgo de la talla, u otros dedicados a festejos y solemnidades que son fiel reflejo de las celebraciones de la cofradía en el momento de pintarse, algo de lo que son buen ejemplo los cuadros de la Cofradía de Ntra. Sra. de San Antolín o de la Concha, que narran la aparición y llegada de la patrona de Zamora. (Hasta marzo de 2013 se encuentran en la exposición Rosa Escogida. 950 aniversario de la Virgen de la Concha en el Museo Etnográfico de Castilla y León.)

Pero los cuadros también tienen un gran valor documental para las cofradías, ya que han sido, junto a los grabados, la principal vía de transmisión de las devociones, trasladando estilos e influencias a lo largo de la geografía española e iberoamericana. El caso más significativo es de la Nuestra Señora de la Soledad de la Victoria del escultor Gaspar Becerra, cuyas reproducciones pictóricas se hallan repartidas por infinidad de lugares, algo que la convirtió en modelo y referencia para la creación de una nueva iconografía, aspecto este último que ha sido fruto de un reciente estudio por D. Eduardo Fernández Merino bajo el título “La Virgen de Luto”.

Próximos capítulos:

III. Arte mueble
IV. Textiles y orfebrería
V. Música, arte efímero y escenografía.
VI. Documentación y testimonios gráficos.
VII. Patrimonio inmaterial





Fotografía 1: Detalle del cuadro de Aparición de la Virgen de la Concha, anónimo ss. XVII-XVIII. Iglesia de San Antolín,  Cofradía de la Ntra. Sra. de San Antolín o de la Concha. 

Fotografía 2: Virgen de los Dolores, José Montes de Oca 1729. Orden  Seglar Siervos de María Santísima de los Dolores, Cádiz. Fuente: Blog La Sacristía del Real.

Fotografía 3: Virgen de la Soledad, Anónimo. Ermita de la Virgen del Amparo, Medina del Campo (Centro San Vicente Ferrer). Fuente: Página de Facebook de La Virgen de luto.

Javier Prieto Prieto, gestor cultural.