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miércoles, 27 de febrero de 2013

Patrimonio cofrade IV: Andas, pasos y carros.



Procesión de disciplinantes, Francisco de Goya. 1812-1819

Las cofradías y hermandades han tenido como nota común su protestación pública de fe. El ejercicio y desarrollo de cultos públicos tuvo en sus orígenes elementos muy sencillos como las cruces y crucifijos alzados, o insignias y estandartes que presidían el rezo del Vía Crucis o el Rosario. Sin embargo la proliferación de romerías en la Edad Media, por lo general vinculadas a imágenes aparecidas, y más aún la espiritualidad impulsada tras el concilio de Trento instauraron la definitiva presencia de imágenes en los cultos públicos que se celebraban en ciudades y pueblos.

La realización de cultos públicos con las imágenes en madera e incluso en piedra exigía la presencia de un elemento que permitiese su digno traslado por los espacios donde se celebraría el piadoso ejercicio. Todo parece indicar que es la tradición clásica de las grandes celebraciones del Imperio Romano y su adaptación a las celebraciones católicas en Roma el caldo de cultivo en el que las cofradías y hermandades debieron encontrar inspiración a la hora de plantear sus protestaciones públicas de fe.

"El entierro de Ramon Llull" (ca. 1618-1621) Ayto. de Palma
El elemento más sencillo y clave para entender los actuales pasos, tronos y carros triunfales son las andas. Las andas en su versión más primitiva están compuestas de un tablero y cuatro pequeños brazos o mástiles que permitían trasladar las imágenes con cierta dignidad. Su referente claro serían las andas que se utilizarían para solemnizar traslados funerarios, un elemento de clara influencia de los fastos romanos. La evolución de las andas responde a múltiples factores vinculados a corrientes artísticas o  necesidades funcionales, y marcados drásticamente por elementos regionalistas. A continuación vamos a intentar desmenuzar las grandes categorías actuales, su evolución histórica y la vinculación entre muchas de ellas.
 
La primera gran división a la hora de analizar la configuración de los pasos procesionales (como definición más categórica) es en función de quien soporta el peso, de esta manera se constituye por un lado la familia de las andas que apoyan su peso sobre el cuerpo de los fieles y por otro lado el conjunto de carros que descansan la carga de la imagen sobre ruedas. La división en función de la tracción no se debe tanto al elemento mecánico si no a las características artísticas y plásticas que se derivan de cada forma de cargar.

Traslado de reliquias
La evolución de las andas

Las andas son la formulación más tradicional de los pasos procesionales, las primeras representaciones de este tipo de elemento las encontramos en la pintura medieval, para representar escenas vinculadas al Arca de la Alianza o en los traslados de reliquias de Santos de la Iglesia. Aunque a veces se pueda dar a entender que las procesiones se instauran tras el concilio de Trento era ya una realidad común en el ideario de la Edad Media, muy vinculada a los grandes santuarios erigidos en torno a reliquias e imágenes aparecidas. Se trataba de andas muy sencillas que apenas superaban las dimensiones de la imagen que portaban, constituidas únicamente por el tablero y cuatro vástagos que descansaban sobre los hombros de los porteadores, en muchas ocasiones clérigos.

Este modelo sencillo es el origen de todas las configuraciones de pasos procesionales cargados por fieles devotos. Las andas sencillas han sobrevivido en su configuración medieval sin alteraciones de gustos posteriores, siendo un elemento recurrente en los entornos rurales de Castilla y León o Galicia, conociendo también testimonios en la devoción conventual. Sin embargo por regla general los gustos imperantes del renacimiento y muy especialmente la espiritualidad barroco provocarían la evolución de las andas medievales hacía posicionamientos marcados por el arte efímero, siguiendo en todos los casos un criterio muy claro: la dignificación de la presencia de las imágenes en la calle.

Traslado de la Virgen del Espino, s.XVIII
De nuevo es necesario hacer una división funcional que marcará las características plásticas de la artesanía en el trabajo de las andas procesionales: el tipo de carga. La evolución de las imágenes y la aparición de los grandes grupos escultóricos en las celebraciones de la Semana Santa de Valladolid y su entorno provocaron la redimensión de las andas que empezaron a aumentar de tamaño todo ello imbuido del creciente esplendor del arte barroco propicio una nueva ruptura entre las andas cuya carga era externa y aquellas que siguiendo la línea de los carros triunfales empezaron a trasladar la carga bajo la estructura de las andas.

Los sistemas de carga exterior tuvieron una evolución más reducida, pudiendo a hablar ya de tres grandes categorías reconocibles hoy en día.  En primer lugar la propia evolución de las andas tradicionales, de proporciones reducidas pero que amplían el número de carga y sobretodo incluyen elementos barrocos como la iluminación, las flores, inclusión de penas y detalles tallados en la configuración del tablero centro. La Semana Santa en la que por antonomasia se conservan las andas es la de Cuenca, los brazos se alargan para poder acoger más número de carga pero se mantiene el diseño tradicional de tablero y cuatro mástiles.

La transformación de las andas impulsada por el auge de la Semana Santa de Valladolid y la implantación de los grandes grupos escultóricos en las celebraciones castellanas cristalizaría en la figura del tablero. Al contrario que el caso de Cuenca  en la Semana Santa de Valladolid, Medina de Rioseco e incluso Murcia se ampliaron las bases de los pasos pero no los mástiles o palotes (como los denominan en Medina del Rioseco). De esta manera se consigue una composición sencilla en la que los cargadores se disponen en el perímetro del paso y en los pequeños arranques de los brazos que aumentan de número. Del modelo más sencillo y clásico, meritoriamente conservado en Medina de Rioseco, se evolucionaría hacia formas más barrocos con elementos tallados en Murcia. El tablero ha sido una de las figuras peor conservada por su sencillez frente a proposiciones barrocas y neoclásicas, así por ejemplo la Semana Santa de Salamanca ha perdido esta seña de identidad que aún se aprecia en las fotografías de principios del siglo XX.

San Juan Californio, Cartagena.
La evolución de las andas de mayor sabor neobarroco son los tronos, cuyos máximos exponentes los encontramos en Málaga y Cartagena. Se trata de andas de grandes dimensiones tanto en el plano horizontal como en el vertical en las que se multiplican el número de brazos y se superponen elementos tallados, peanas y grandes candelabros, formando una estética voluminosa muy vinculada al nuevo urbanismo de finales del XIX. En el caso de Cartagena nos encontramos ante una configuración muy vinculada a la estética levantina que tuvo su origen en el florecimiento económico de la ciudad a mediados del siglo XIX, el juego de luces y flores ha configurado un modelo único. En el caso de Málaga existe una mayor influencia del arte cofradiero andaluz, y por ende de Sevilla, aplicando en los tronos elementos como los canastos barrocos o los respiradores en plata de los pasos de palio.

Los pasos

La alternativa a las andas son los pasos, una evolución más drástica del modelo primitivo que traslado la carga hacía el interior del soporte. Poco se sabe del cambio de un modelo a otro, pero debió de ser en fechas tempranas del siglo XVII, ya en 1611 las imágenes titulares de la Hermandad del Silencio desfilaban en pasos con faldillas y maniguetas, como atestiguan los grabados que ilustran uno de sus libros de reglas. Es posible que el estadio previo fuese la inclusión en las andas clásicas de faldillas y cortinajes que ofrecerían una estética más solemne, pues no cabe duda de que los grandes pasos barrocos heredaron su estructura de las andas, y prueba de ello es la conservación testimonial de las maniguetas, el viejo recuerdo de lo que fueron los brazos de unas andas hoy innecesarios.

Gran Poder en su paso, Foto: Alberto García
Es sin duda Sevilla la cuna y máxima expresión de los pasos como elemento para la procesión de imágenes sagradas, además es junto a los carros triunfales el tipo de andas en el que existe una mayor carga artística. Los pasos de carga interior respondieron en sus versiones más primitivas y humildes al modelo de mesa, una estructura (denominada parihuela) con cuatro patas sobre la que se dispone un tablero y en cuyo interior se instala un sistema de carga (banzos o trabajaderas, según la carga sea a hombros o a costal). A partir de esa estructura se desarrolla la labor artística en elementos tallados. La idiosincrasia sevillana ha configurado dos modelos de paso: pasos de misterio y pasos de palio. Los pasos de misterio vinculados a escenas de la Pasión y Muerte de Cristo se caracterizan por llevar sobre la parihuela el canasto, una suerte de peana de grandes dimensiones en cuya talla el artista dispone la carga simbólica de su obra. Bajo el canasto cubriendo la zona más alta de la parihuela se sitúan los respiradores. La Semana Santa de Sevilla conserva tres pasos que testimonian el esplendor barroco: el del Cristo del Amor de 1694, aunque alterado en 1916, el de la Hermandad de la Mortaja de 1710 y sobre todos ellos el paso del Gran Poder obra de Ruíz Gijón, de gran carga teológica en la exaltación del Gran Poder de Dios y de meritoria ejecución de las tallas, cartelas y la gran corte de ángeles que circundan el paso. En el caso de palio el elemento clave es este enser litúrgico que a comienzos del siglo XVII se traslado desde los cortejos a las andas de las imágenes, síntoma de la gran reverencia pública que causaba la presencia en las  calles de las imágenes de devoción.  La labor de talla, mejor dicho de orfebrería, recae en los respiraderos, aunque en ocasiones están realizados en soporte textil,  sobre la parihuela se disponen los varales que sostienen el palio conformando con la candelería y el manto una conjunción de orfebrería y bordados de gran valor estético y con altas cotas de calidad artística.

Virgen de la Soledad en mesa de gradas (Zamora)
La influencia de la Semana Santa de Sevilla durante el siglo XIX, en el marco de los comienzos del turismo y la proliferación de las guías del viajero, trasladó elementos propios de la capital hispalense a ciudades ajenas a su influencia natural. Un claro ejemplo es Zamora, la Semana Santa de Zamora que hoy es paradigma de las celebraciones más austeras de Castilla se transforma profundamente a finales del siglo XIX tamizando su herencia barroca hacía el cariz romántico que hoy en día aún conservan las cofradías históricas. En ese marco en Zamora se impuso a mediados del siglo XIX un modelo de paso denominado mesa procesional que se caracterizaba por la carga interior y la sucesión de gradas doradas con sencillas labores de talla. La sustitución de las tradicionales andas por este modelo parece responder a una reinterpretación de los pasos que se realizaban en Sevilla a mediados del siglo XIX, que sin duda configuró un modelo propio que estuvo vigente hasta mediados del siglo XX. Las mesas de gradas doradas fueron evolucionando hacía un estilo singular y propio que define claramente a las mesas procesionales de Zamora, se trata de composiciones de líneas sobrias en las que la labor de talla se reduce a los respiraderos, por lo común de perfil rectangular, en los que se integran puntualmente alguna escena o cartela pero que por lo general se limitan a decoraciones vegetales, quedando siempre el conjunto en las tonalidades propias de la madera.

Los carros

Cúpula del carro de la Virgen de la Hiniesta, Zamora
Volviendo a la primera división sobre la forma de sacar en procesión a las imágenes, había quedado aplazado un segundo campo el de los carros y carrozas procesionales. Un recurso que se desarrolla paralelo a la evolución de las andas y que alcanzó grandes cotas de mérito en el contexto del barroco.  Se pueden localizar tres grandes categorías: los carros de romería, los carros triunfales y alegóricos, y los pasos a ruedas.

Los pasos a ruedas es necesario mencionarlos por no obviar una categoría muy común a lo largo de la geografía española. Su naturaleza, por lo general de opción alternativa ante la falta de cargadores o el peso de los pasos, hace que su estética y tratamiento suela responder a las líneas de estilo marcadas por los pasos y andas del lugar o zona.

Los carros de romerías tienen un origen claramente funcional, solventar el traslado a grandes distancias de imágenes de devoción, ejemplos de este tipo los encontramos en las crónicas de la procesión de las imágenes en el siglo XVII en Zamora, la Virgen de Valme en Dos Hermanas o la de los Remedios de San Lorenzo de el Escorial. Por lo general los carros que han sobrevivido lo han hecho muy marcados por la propia evolución de los carros de tiro animal, aunque los conservados de finales del XVIII como el de la Virgen de la Hiniesta en Zamora testimonian su naturaleza de altares portátiles. El carro de romería más conocido hoy en día son las carretas que portan los Simpecados en la romería del Rocío, baldaquinos de plata tirados por bueyes y muy marcados en cuanto a los diseños de orfebrería por el desarrollo del paso de palio.

Fondo "La Virgen de luto"
Por último en el contexto de las grandes celebraciones públicas de exaltación de la Fe se hace común el diseño de carros triunfales y alegóricos, especialmente en las celebraciones del Corpus. Se trata de grandes maquinas cargadas de imaginación en las que se potencia la carga simbólica. Su naturaleza en muchos casos de recurso efímero ha provocado que no se conserven demasiados ejemplos. Uno de los conjuntos más destacados son las Rocas del Corpus de Valencia cuyo origen se sitúa en 1392, se trata de once carros triunfales realizados entre el siglo XVI y el XXI con alegorías y santos vinculados a Valencia.  Los carros triunfales en ocasiones también se diseñaban para el desfile de imágenes devocionales, uno de los casos más destacados era el paso de la Soledad de Arganda, patrona de la Villa madrileña, sobre las líneas de una elegante barca y escoltada por un ángel que porta la Cruz triunfante se exaltaba el misterio de la soledad de María.






 Artículos sobre Patriomio cofrade:

IV. Las andas, pasos y carros.


Javier Prieto Prieto, gestor cultural.

jueves, 24 de enero de 2013

El patrimonio cofrade III: El retablo



Retablo de la Virgen de la Concha, Zamora
Las cofradías y hermandades han formado su patrimonio siempre en función de las dos actividades principales desarrolladas en torno a sus titulares: actos de culto interno y actos de culto externo. Dejando a un lado el arte efímero desarrollado en los actos de culto interno, que merece capítulo propio, las cofradías necesitaban para celebrar sus funciones un lugar digno donde exponer a sus imágenes en las capillas e iglesias en que residían.

El Diccionario de las Nobles Artes (Diego Antonio Rejón de Silva, Segovia, 1788) define el retablo como adorno que consta de uno o más cuerpos de arquitectura para colocar dentro una imagen y darle veneración. El retablo es una obra de arte con entidad propia que por su naturaleza suele considerarse parte del bien inmueble en el que se asienta. Aunque la propia etimología del término nos lleva a la madera, como material de la realización, su definición engloba todo tipo de materiales.

La construcción de retablos, en sus distintas versiones, ha sido y es una necesidad común en el mundo de las cofradías. La tradición artística española ha otorgado al retablo el papel principal como solución creativa para la exposición al culto de las imágenes de devoción, por ello la preocupación de las hermandades por poseer retablos dignos que realzasen la presencia de los titulares en sus templos resulta una constante en el tiempo.

Capilla de Ntra. Madre, Zamora s.XVIII
En los primeros estadios de la exposición al culto muchas imágenes ocupaban hornacinas o peanas que, no contando con grandes ornamentaciones, servían para el acercamiento a los fieles. Esto no se debe confundir con cierta costumbre de exponer las imágenes en arcosolios, los lucillos sepulcrales son elementos de carácter funerario cuyo aprovechamiento como lugar para exponer imágenes sagradas parece poco apropiado.

Las hermandades han sido auténticas promotoras de la evolución del arte retablístico, los primeros retablos que encargaban las cofradías solían albergar las denominadas imágenes de pincel, representaciones pictóricas de la advocación titular de la cofradía. A modo de ejemplo, a finales del siglo XV la cofradía del Señor Santiago de Zamora poseía un retablo con una imagen pintada del santo compostelano; también la cofradía de santa Lucía de la localidad mallorquina de Llucmajor encargaba en 1448 el retablo de la titular al pintor Rafael Moger.


La época de esplendor de las cofradías es pareja al auge del retablo. Durante los siglos XVII  y XVIII el encargo de retablos forma parte de las necesidades de las hermandades para dar culto a sus titulares en las iglesias y capillas. Valladolid es uno de los lugares donde hay más ejemplos de retablos notables encargados por cofradías, así la iglesia Penitencial de la Vera Cruz acoge un total de nueve retablos, siendo el retablo mayor, bendecido en 1681, y los ocupados por el Ecce Homo y Jesús atado a la columna los más destacados. Los altares de las cofradías no se limitaban a acoger solo las imágenes titulares, aquellas hermandades que poseían más fondos o contaban con notables benefactores, encargaban a pintores y escultores la decoración de las calles y áticos del retablo, en esta línea podemos hablar del recientemente restaurado retablo de Nuestra Madre de las Angustias de Zamora. Obra documentada de 1680, que acoge cinco tablas en su ático, calles laterales y predela.  

Retablo de la Virgen del Subterráneo, Sevilla
Con todo ello, el paso del tiempo ha consignado muchos retablos a testimonios documentales, diversos factores han generado que hoy en día no se conserven gran parte de los retablos de las cofradías. Uno de los motivos más comunes es la sucesión de traslados y cambios de sede. Las cofradías, motivadas por el estado de los edificios, por necesidades de espacios o por fusiones con otras hermandades,  han solido verse obligadas a cambiar de iglesias o capillas. Algunas de ellas lo han hecho con sus retablos, por ejemplo la hermandad de los Gitanos de Sevilla trasladó su retablo de la iglesia de san Román a la capilla sacramental de su actual sede,  pero otras veces el retablo permanecía en el templo de origen como el actual retablo de la Virgen del Subterráneo, en la iglesia de la Consolación (vulgo los Terceros), que perteneció a la hermandad del Amor durante su estancia en este templo sevillano. 

En otras ocasiones la perdida de retablos se debe a las transformaciones originadas por los cambios de estilo, así los retablos barrocos sustituyeron obras renacentistas, y a su vez fueron remplazados por obras neoclásicas, a lo que hay que añadir que en muchas ocasiones los medios limitados de las cofradías suponían que los nuevos retablos no eran necesariamente de igual o mayor valía.

En otros casos los retablos han sido modificados y adaptados según crecía la historia de la hermandad, siendo la imposición de la figura arquitectónica del camarín uno de los causantes de la intervención de muchos retablos de imágenes de devoción. El camarín es un espacio adyacente, que se adosa tras la hornacina donde se venera la imagen, que genera una suerte de habitación en la que se pone de manifiesto el esplendor del teatro barroco conjugando los juegos de luces, el  exorno y los ornamentos arquitectónicos. Su desarrollo se extiende a lo largo de la península, especialmente relacionado con las imágenes de la Virgen, transformando la fábrica de las iglesias como en la iglesia románica de San Isidoro de Zamora, en cuyo camarín recibe culto la Virgen del Carmen. A menudo la construcción del camarín formaba parte del proyecto del retablo, pero a veces se mantenía el retablo anterior procediendo a adaptarlo a las nuevas medidas. La presencia del camarín fue generando la creación de nuevas estancias: armarios, tesoros, antesalas  o escaleras de acceso. Buen ejemplo es el camarín de la Virgen del Rosario de Granada, en el que se suceden diferentes salas recubiertas de pinturas, lámparas, espejos y relieves que hacen gala de la máxima horror vacui.

Camarín de la Esperanza Macarena, Sevilla
Pero si un problema ha sido común a los retablos históricos es su destrucción, bien fortuita o intencionada, a veces propiciada hasta por la hermandad o las instituciones religiosas. Los incendios han sido la causa principal de destrucción fortuita de retablos, derivados de la falta de precaución en el encendido y apagado de las candelerías que iluminaban a las imágenes de devoción o los artificios elaborados para los grandes cultos.  El diario de Antonio Moreno de la Torre recoge un incendio fortuito, felizmente apagado, durante la celebración de las 40 horas en la iglesia de San Juan de Puertanueva en Zamora en 1678: Luego se prendió una vela al roquete del ángel de mano derecha, que con la vocería del concurso, los colgadores y tramoyeros (…) quiso su Divina Majestad dar campo y carrera para apagar el incendio y matar la vela. Al igual que le ocurrió a este altar efímero, una vela mal encendida o mal apagada suponía el inicio de un fuego que sin una respuesta rápida tenía funestas consecuencias, más aún si en la mayor parte de las ocasiones los incendios se producían estando la iglesia vacía por rescoldos o mechas no apagadas.

Retablo de la Virgen de la Amargura, Sevilla
Con todo y con ello, la imprudencia no ha sido el motivo más general de la destrucción de los retablos. Los sucesos bélicos, invasiones y levantamientos han causado grandes pérdidas de patrimonio por parte de las cofradías, siendo los retablos una de las piezas más difícil de salvaguardar por sus dimensiones y su fijación en muchas ocasiones al templo en el que se ubica. Pero también la desaparición de retablos ha estado amparada por decisiones de las cofradías, responsables de cultura o el clero. 

La reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II reducía el papel de los retablos en las celebraciones, pasando de ser el espacio ante el que se celebraba la Misa a un mero telón de fondo, ello unido a cierta crítica a la suntuosidad y un desprestigio del arte barroco pusieron en peligro la conservación de algunos retablos. La recuperación de los templos románicos y góticos fue el golpe definitivo a la presencia de retablos en determinadas zonas de España, se primaba la visión de la piedra desnuda sobre los elementos accesorios. Un caso especialmente llamativo es el de Zamora, de las dieciséis cofradías penitenciales solo una de ellas, Nuestra Madre de las Angustias, tiene expuesta en la actualidad su imagen titular en un retablo a pesar de conservarse testimonios de la existencia de los retablos de las hermandades hasta avanzado el siglo XX.

La natural necesidad de exponer al culto las imágenes de las cofradías en retablos y altares ha impulsado también la recuperación de antiguos retablos abandonados o sin uso.  La hermandad sevillana de la Virgen de la Amargura, ante el deseo de sustituir el retablo mayor de su sede y trasladar a él su imagen titular, adquirió en 1960 un retablo antiguo para remplazar el altar neoclásico obra de Juan de Astorga. Se trata de un retablo rococó procedente del convento de San Felipe Neri de Carmona, habiendo sido entablado en 1777 por Francisco González Guisado. De esta forma se ponía en valor una pieza que de otra forma probablemente se hubiese destruido o repartido por piezas. Un caso similar se vivió en la Hermandad de la Esperanza de Triana al reabrir al culto la capilla de los marineros, en este caso se adquirió un retablo procedente del convento de la Merced de Osuna.

Retablo del Cristo de la Expiración, Sevilla
En la actualidad los retablistas siguen teniendo en las cofradías su principal fuente de ingresos. Con un gusto muy  marcado por el neobarroco las cofradías han encargado nuevos retablos, aunque en su mayor parte reducidos al banco y hornacinas, Hermandad Dominicana de Salamanca o la Cofradía del Carmen Doloroso de Sevilla. No obstante de forma puntual se emprenden ambiciosos proyectos que pretenden recuperar el esplendor de los artesanos ebanistas en la construcción de retablos. En los últimos años uno de los más destacados proyectos ha sido el retablo para el Cristo de la Expiración, de la hermandad sevillana del Cachorro, una obra de grandes dimensiones bajo diseño de Javier Sánchez de los Reyes, que ha concitado disparidad de opiniones. La hermandad del Paso y Esperanza se enfrenta en los próximos años a la anhelada construcción de un retablo para el presbiterio de su basílica, con una propuesta de Pablo Paniagua Utrera de grandes dimensiones y estilo ecléptico en atención a la propia idiosincrasia de la cofradía.





Foto 1: Retablo de la Virgen de la Concha, siglo XVI. (La calle central se sustituyó a comienzos del siglo XVIII). Iglesia de San Antolín, Zamora.

Foto 2: Grabado de la capilla de Nuestra Madre de las Angustias, 1747. Fuente: web de la hermandad. Zamora. 

Foto 3: Retablo de la Virgen del Subterráneo, iglesia de Nuestra Señora de la Consolación (Los Terceros), Sevilla. Antiguo retablo de la hermandad del Amor.

Foto 4: Camarían de la Esperanza Macarena, Basílica de la Esperanza Macarena, Sevilla.

Foto 5: Retablo mayor de la iglesia de San Juan de la Palma, Sevilla. Fuente: Hermandad de la Amargura wwww.armagura.org 

Javier Prieto, Gestor Cultural


martes, 15 de enero de 2013

El patrimonio cofrade II: Arquitectura



Capilla de la Hdad. Tres Caídas, S.Isidoro

La constitución del patrimonio de las cofradías sigue una línea de prioridades, casi a la manera de la pirámide de Maslow, una vez que se cuenta con una imagen a la que rendir culto es necesario buscarle un espacio donde hacerlo, de esta manera se impulsa la instalación de altares, retablos, la construcción de capillas e incluso en algunos casos la erección de iglesias propiedad de la cofradía.

La arquitectura promovida por y para las cofradías suele estar marcada por la funcionalidad de los espacios, templos adaptados para el culto a las imágenes titulares y la organización de la vida de la cofradía, suelen contar con puertas amplias para la organización de procesiones y en ocasiones con espacios anexos para almacenamiento y tesoro. No obstante, insistiendo de nuevo en los múltiples matices del patrimonio cofrade podemos hablar de varias categorías de arquitectura cofrade.

El espacio arquitectónico más común es la capilla, construcciones anexas a la iglesia titular en la que se erige la cofradía que solían ir acompañadas de una fundación para sostener su conservación. Se solían cerrar mediante rejería y acogían las imágenes titulares durante el culto diario, celebrándose las funciones en la propia capilla, mientras que para las celebraciones principales se solían trasladar las imágenes al presbiterio del templo.

Capilla Hdad. de los Javieres, Omnium Sactorum
En un principio se trataban de pequeños espacios anexos a la iglesia matriz. Un buen ejemplo es la actual capilla de la Hermandad de los Javieres, donde se fundaría la Hermandad del Silencio en 1340, una capilla de planta cuadrada, cubierta por una cúpula sustentada sobre trompas (SILENCIO, nº130, pags. 42-43). A medida que avanzan los siglos las capillas anexas amplían sus dimensiones, adquiriendo casi planta de iglesia, aunque comunicada con el templo matriz, buen ejemplo son la capilla de Nuestra Madre de las Angustias de Zamora construida a partir de 1581 junto a la iglesia de san Vicente Mártir o la capilla de la Hermandad del Silencio de Sevilla en su actual templo de San Antonio Abad (SILENCIO, nº130, pags. 44-48). Pero de entre todas las cofradías el principal exponente en cuanto a construcción de capillas en el interior de las iglesias son las hermandades sacramentales titulares de las grandes capillas dotadas de valiosas obras de arte destinadas a guarecer y fomentar el culto al Santísimo Sacramento.

Otra tipología de construcción recurrente eran los humilladores y ermitas, pequeños edificios por lo general construidos en las afueras de la localidad. Suelen estar vinculados a procesiones, rogativas y romerías, como la Ermita del Cristo de Valderrey en Zamora.  Con los mismos criterios de espacio reducido se construían también pequeñas capillas urbanas, muchas de ellas perdidas por el desarrollo urbanístico, Ermita de Ntra. Sra. del Socorro en las inmediaciones de la plaza de Viriato de Zamora; o ampliadas por el desarrollo de la hermandad, capilla del Baratillo en Sevilla. Los procesos de desamortización también fomentaron la presencia de capillas en el entramado urbano, muchos conventos y hospitales desaparecieron quedando sólo en pie las capillas custodiadas por cofradías y hermandades, capilla de la hermandad de Monte Sión en Sevilla.

Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz, Valladolid
La etapa de esplendor que las cofradías vivieron durante el barroco propició la construcción de templos propios. Las cofradías decidían levantar sus propias sedes para albergar a sus titulares y celebrar sus nutridas funciones, motivadas además por la búsqueda de cierta independencia respecto al control de la parroquia. Se trata de un fenómeno común en Castilla y León, especialmente en Valladolid donde las grandes cofradías erigieron notables templos símbolos de su época de mayor auge: iglesia de la Pasión construida a partir 1577 por la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo,  de la misma época son las iglesias de la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz y la de la Ilustre Cofradía Penitencial  de Nuestra Señora de las Angustias. Aunque algo más tarde, ya a mediados del XVII, también construye iglesia propia la Insigne Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno.  Un ejemplo singular por su gran belleza es la iglesia de la Vera Cruz de la cofradía homónima de Salamanca, erigida bajo proyecto de Gil de Hontañón a mediados del siglo XVI fue reformada por Joaquín Churriguera en 1714 y declarada BIC el 25 de marzo de 1983.  En Sevilla, encontramos dos ejemplos: la iglesia de Nuestra Señora de la O, construida por la cofradía sobre los terrenos de un antiguo hospital en 1702 (desde 1911 cedida para uso parroquial), y la iglesia de San Antonio Abad, propiedad de la Hermandad del Silencio por  donación de S.M. Carlos IV mediante Real Orden de 15 de septiembre de 1793.

Basílica de la Esperanza, Málaga.
A partir de mediados del siglo XX la nueva etapa de esplendor de las cofradías, especialmente penitenciales, provoca un nuevo proceso de reforma y construcción de templos y capillas que encuentra su respaldo en la autoridad eclesiástica con la concesión a varios de ellos del rango litúrgico de Basílica Menor. Así las dos grandes devociones de Sevilla inician el proceso para la construcción de templos propios, en 1949 la Hermandad de la Macarena bendice su nuevo templo de planta tradicional con gran nave central, amplío presbiterio y capillas laterales;  por su parte la Hermandad del Gran Poder bendice su nueva capilla, de planta circular, en 1965.  Ambas iglesias fueron posteriormente consagradas como Basílicas, la de la Esperanza Macarena en 1966 y la dedicada al Señor de Sevilla en 1992. También en 1988 la Hermandad malagueña del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza construyó un nuevo templo para sus imágenes titulares consagrado como Basílica menor el mismo año. En fechas recientes ha alcanzado este rango la capilla de la hermandad del Cachorro, siendo la primera basílica del barrio de Triana.

Las cofradías no solo tenían capillas e iglesias, la actividad de la hermandad exigía la tenencia de dependencias anexas vinculadas a sus distintas naturalezas: hospitales para labores asistenciales (Cofradía de Jesús Nazareno, Córdoba),  paneras o salas de pasos (Hermandad de la Crucifixión, Medina de Rioseco) o las actualmente conocidas como casas de hermandad. De este último tipo de construcciones, dedicadas a la atención de los cofrades y las tareas rutinarias de la cofradía,  una de las primeras referencias la encontramos en Zamora  y en el año 1503. En las Ordenanzas de Nuestra Señora de San Antolín y del Señor Santiago de la ciudad de Zamora, actual Cofradía de Ntra. Sra. de la San Antolín o de la Concha, se cita la existencia de una sala de la cofradía en donde los cofrades se reunían para compartir decisiones y mantel, se encontraba en la calle Toral situada en los aledaños de la sede la cofradía. 


Otros capítulos:


II. Arquitectura 
III. Arte mueble
IV. Textiles y orfebrería
V. Música, arte efímero y escenografía.
VI. Documentación y testimonios gráficos.
VII. Patrimonio inmaterial


Fotografía 1: Capillla de la Hermandad de las Tres Caídas, iglesia de San Isidoro, Sevilla. Fuente: Archivo Javier Prieto.

Fotografía 2: Capilla de la Hermandad de los Javieres, iglesia de Omnium Sanctorum, Sevilla. Fuente: Blog Leyendas de Sevilla. Autor: Pepe Becerra.

Fotografía 3: Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz de Valladolid. Fuente: Blog Domus Pucelae. Autor: Vicente Camarasa. 

Fotografía 4: Basílica de la Esperanza, Málaga. Fuente: Web Archicofradía del Paso y la Esperanza, Málaga.

Javier Prieto, gestor cultural.