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martes, 23 de julio de 2013

La restauración del Cristo de la Vera Cruz o Cristo Yacente de Fuentesaúco (Zamora).

Stmo. Cristo  Yacente o de la Vera Cruz, tras su intervención.

El pasado viernes, día 19, se presentó en Fuentesaúco la restauración de la imagen de Jesús Yacente que ha llevado a cabo Jaime Mateos Capel, Restaurador de Bienes Culturales, bajo las directrices de la Delegación de Patrimonio y Cultura y el Taller Diocesano de Restauración del obispado de Zamora.

Cristo Yacente, Semana Santa 2011
La imagen es una obra anónima de la cual se conocen pocos datos sobre su autoría y datación, si bien todo apunta a que pudo ser realizada a finales del siglo XVII por algún autor del círculo salmantino de escultores barrocos, siendo muy posiblemente la obra Cristo Nuestro Bien, de la Cofradía de la Vera Cruz de Salamanca, la fuente de inspiración para su realización. Se trata de una imagen de talla completa realizada en madera, presenta a Cristo Muerto con todas las heridas y laceraciones de la Pasión. Los brazos son articulados para poder celebrar la representación del descendimiento de Cristo, acto que fue prohibido en 1827 (más información sobrela talla).

La cofradía del Santo Entierro (heredera de la antigua cofradía de la Vera Cruz), de la que el Cristo Yacente es la imagen titular, llevaba varios años promoviendo la restauración de la imagen debido a la existencia de diferentes problemas de conservación. En términos generales la obra se encontraba en buen estado, especialmente al no haberse visto alterados sus elementos originales, no obstante el paso del tiempo y el uso de la obra habían ido distorsionando los valores originales de la obras.

Los deterioros más relevantes que presentaba eran:

- Suciedad acumulada en el conjunto de la obra que distorsionaba la calidad y detalles de la policromía.
- Presencia de varias grietas, especialmente una que recorría todo el abdomen y otra en la zona de los hombros.
-La badana de piel que cubría las articulaciones de los hombros se encontraba rota y muy deteriorada.
-  Los dedos de los pies presentaban numerosas pérdidas de volumen debido al rozamiento con la urna. En las manos, uno de los dedos se encontraba seccionado y se había vuelto a unir con pegamento.
-  Numerosos desconchones y pérdidas de color por el rozamiento y la acción humana.
-Presencia de pequeños repintes y zonas con barnices oxidados.




La intervención, que se presentará oficialmente en el mes de agosto, ha consistido en una limpieza general de la policromía original, reintegración volumétrica de las falanges de los pies, sellado de grietas, reintegración cromática de las lagunas y pérdidas de policromía original, reparación de la articulación de los brazos y aplicación de una nueva badana en piel natural, policromada siguiendo la tonalidad y las marcas de sangre de las partes conservadas de los elementos conservados, y por último la aplicación de la capa de barniz para proteger la obra.



Izquierda: antes de la restauración. Derecha: resultado de la intervención

Tras la retirada del barniz y la limpieza de la suciedad acumulada se observa una policromía mucho más pálida en la que cobra un mayor peso el tratamiento anatómico y la presencia de numerosos detalles en la encarnadura para reflejar las marcas de la flagelación, las heridas y el comienzo del rigor mortis en las manos y los dedos de los pies. Con esta intervención la imagen ha recuperado su pleno significado, mostrando una imagen clásica en las formas, tratamiento del paño de pureza o la anatomía, y de una mayor expresividad barroca en el tratamiento de la policromía, debido posiblemente a la práctica común de las labores de la escultura y la policromía no recayesen en la misma persona.


Izquierda: antes de la restauración. Derecha: resultado de la intervención

La imagen se encuentra ya en el Santo Sepulcro en la Ermita de los Dolores, donde se mantendrá expuesta a la veneración de los fieles.

Más fotografías del resultado:






Javier Prieto.

jueves, 20 de junio de 2013

Colaboración con HCCofradías.com "Centro cultural para las hermandades de Sevilla"

Artículo de opinión sobre las posibilidades de un Centro Cultural para el patrimonio de las hermanades de Sevilla publicado en el sitio web HCCofradías.com:

Museo de la Macarena, foto Javier Díaz
El portal de noticias cofrades semanasantadesevilla.tv recoge hoy las siguientes declaraciones del Alcalde de Sevilla:   “Hoy no tenemos las circunstancias económicas para crear un museo de la Semana Santa” descartando además un posible centro de interpretación  “porque no hay que interpretar nada de la Semana Santa”.  Estas declaraciones, que fueron realizadas por D. Ignacio Zoido en el trascurso de una conferencia en la Hermandad de la Hiniesta, ponen de manifiesto la preocupación de buena parte de los cofrades de Sevilla por la necesidad de promover el patrimonio de las hermandades y la sensibilidad del organismo municipal respecto a estos temas, la afirmación sobre el centro de interpretación no sería fácil de escuchársela a muchos representantes municipales de otras ciudades españolas pues bien vale un puñado de votos cofrades auspiciar una actuación de este tipo por desencaminada que sea.

Sin embargo el fondo de las declaraciones ponen de manifiesto el escaso análisis sobre las posibilidades de gestión que ofrece el patrimonio de las hermandades, sería una temeridad limitarlo a las cofradías de Semana Santa como ha demostrado la última exposición sobre la Sacramental de San Bernardo. Las ideas faraónicas de grandes museos de temática local se antojan irreales ante la situación actual, siendo además proyectos de difícil gestión y escaso éxito en la mayor parte de los casos, tendentes a acumular pasos o enseres sin mucho mayor contenido didáctico. Por su parte los centros de interpretación, en sentido estricto, han resultado un nefasto ejemplo de mala gestión pública y escasa valoración por el visitante, sin embargo no todas sus herramientas pueden descartarse tan drásticamente como hace el alcalde sevillano.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Patrimonio cofrade IV: Andas, pasos y carros.



Procesión de disciplinantes, Francisco de Goya. 1812-1819

Las cofradías y hermandades han tenido como nota común su protestación pública de fe. El ejercicio y desarrollo de cultos públicos tuvo en sus orígenes elementos muy sencillos como las cruces y crucifijos alzados, o insignias y estandartes que presidían el rezo del Vía Crucis o el Rosario. Sin embargo la proliferación de romerías en la Edad Media, por lo general vinculadas a imágenes aparecidas, y más aún la espiritualidad impulsada tras el concilio de Trento instauraron la definitiva presencia de imágenes en los cultos públicos que se celebraban en ciudades y pueblos.

La realización de cultos públicos con las imágenes en madera e incluso en piedra exigía la presencia de un elemento que permitiese su digno traslado por los espacios donde se celebraría el piadoso ejercicio. Todo parece indicar que es la tradición clásica de las grandes celebraciones del Imperio Romano y su adaptación a las celebraciones católicas en Roma el caldo de cultivo en el que las cofradías y hermandades debieron encontrar inspiración a la hora de plantear sus protestaciones públicas de fe.

"El entierro de Ramon Llull" (ca. 1618-1621) Ayto. de Palma
El elemento más sencillo y clave para entender los actuales pasos, tronos y carros triunfales son las andas. Las andas en su versión más primitiva están compuestas de un tablero y cuatro pequeños brazos o mástiles que permitían trasladar las imágenes con cierta dignidad. Su referente claro serían las andas que se utilizarían para solemnizar traslados funerarios, un elemento de clara influencia de los fastos romanos. La evolución de las andas responde a múltiples factores vinculados a corrientes artísticas o  necesidades funcionales, y marcados drásticamente por elementos regionalistas. A continuación vamos a intentar desmenuzar las grandes categorías actuales, su evolución histórica y la vinculación entre muchas de ellas.
 
La primera gran división a la hora de analizar la configuración de los pasos procesionales (como definición más categórica) es en función de quien soporta el peso, de esta manera se constituye por un lado la familia de las andas que apoyan su peso sobre el cuerpo de los fieles y por otro lado el conjunto de carros que descansan la carga de la imagen sobre ruedas. La división en función de la tracción no se debe tanto al elemento mecánico si no a las características artísticas y plásticas que se derivan de cada forma de cargar.

Traslado de reliquias
La evolución de las andas

Las andas son la formulación más tradicional de los pasos procesionales, las primeras representaciones de este tipo de elemento las encontramos en la pintura medieval, para representar escenas vinculadas al Arca de la Alianza o en los traslados de reliquias de Santos de la Iglesia. Aunque a veces se pueda dar a entender que las procesiones se instauran tras el concilio de Trento era ya una realidad común en el ideario de la Edad Media, muy vinculada a los grandes santuarios erigidos en torno a reliquias e imágenes aparecidas. Se trataba de andas muy sencillas que apenas superaban las dimensiones de la imagen que portaban, constituidas únicamente por el tablero y cuatro vástagos que descansaban sobre los hombros de los porteadores, en muchas ocasiones clérigos.

Este modelo sencillo es el origen de todas las configuraciones de pasos procesionales cargados por fieles devotos. Las andas sencillas han sobrevivido en su configuración medieval sin alteraciones de gustos posteriores, siendo un elemento recurrente en los entornos rurales de Castilla y León o Galicia, conociendo también testimonios en la devoción conventual. Sin embargo por regla general los gustos imperantes del renacimiento y muy especialmente la espiritualidad barroco provocarían la evolución de las andas medievales hacía posicionamientos marcados por el arte efímero, siguiendo en todos los casos un criterio muy claro: la dignificación de la presencia de las imágenes en la calle.

Traslado de la Virgen del Espino, s.XVIII
De nuevo es necesario hacer una división funcional que marcará las características plásticas de la artesanía en el trabajo de las andas procesionales: el tipo de carga. La evolución de las imágenes y la aparición de los grandes grupos escultóricos en las celebraciones de la Semana Santa de Valladolid y su entorno provocaron la redimensión de las andas que empezaron a aumentar de tamaño todo ello imbuido del creciente esplendor del arte barroco propicio una nueva ruptura entre las andas cuya carga era externa y aquellas que siguiendo la línea de los carros triunfales empezaron a trasladar la carga bajo la estructura de las andas.

Los sistemas de carga exterior tuvieron una evolución más reducida, pudiendo a hablar ya de tres grandes categorías reconocibles hoy en día.  En primer lugar la propia evolución de las andas tradicionales, de proporciones reducidas pero que amplían el número de carga y sobretodo incluyen elementos barrocos como la iluminación, las flores, inclusión de penas y detalles tallados en la configuración del tablero centro. La Semana Santa en la que por antonomasia se conservan las andas es la de Cuenca, los brazos se alargan para poder acoger más número de carga pero se mantiene el diseño tradicional de tablero y cuatro mástiles.

La transformación de las andas impulsada por el auge de la Semana Santa de Valladolid y la implantación de los grandes grupos escultóricos en las celebraciones castellanas cristalizaría en la figura del tablero. Al contrario que el caso de Cuenca  en la Semana Santa de Valladolid, Medina de Rioseco e incluso Murcia se ampliaron las bases de los pasos pero no los mástiles o palotes (como los denominan en Medina del Rioseco). De esta manera se consigue una composición sencilla en la que los cargadores se disponen en el perímetro del paso y en los pequeños arranques de los brazos que aumentan de número. Del modelo más sencillo y clásico, meritoriamente conservado en Medina de Rioseco, se evolucionaría hacia formas más barrocos con elementos tallados en Murcia. El tablero ha sido una de las figuras peor conservada por su sencillez frente a proposiciones barrocas y neoclásicas, así por ejemplo la Semana Santa de Salamanca ha perdido esta seña de identidad que aún se aprecia en las fotografías de principios del siglo XX.

San Juan Californio, Cartagena.
La evolución de las andas de mayor sabor neobarroco son los tronos, cuyos máximos exponentes los encontramos en Málaga y Cartagena. Se trata de andas de grandes dimensiones tanto en el plano horizontal como en el vertical en las que se multiplican el número de brazos y se superponen elementos tallados, peanas y grandes candelabros, formando una estética voluminosa muy vinculada al nuevo urbanismo de finales del XIX. En el caso de Cartagena nos encontramos ante una configuración muy vinculada a la estética levantina que tuvo su origen en el florecimiento económico de la ciudad a mediados del siglo XIX, el juego de luces y flores ha configurado un modelo único. En el caso de Málaga existe una mayor influencia del arte cofradiero andaluz, y por ende de Sevilla, aplicando en los tronos elementos como los canastos barrocos o los respiradores en plata de los pasos de palio.

Los pasos

La alternativa a las andas son los pasos, una evolución más drástica del modelo primitivo que traslado la carga hacía el interior del soporte. Poco se sabe del cambio de un modelo a otro, pero debió de ser en fechas tempranas del siglo XVII, ya en 1611 las imágenes titulares de la Hermandad del Silencio desfilaban en pasos con faldillas y maniguetas, como atestiguan los grabados que ilustran uno de sus libros de reglas. Es posible que el estadio previo fuese la inclusión en las andas clásicas de faldillas y cortinajes que ofrecerían una estética más solemne, pues no cabe duda de que los grandes pasos barrocos heredaron su estructura de las andas, y prueba de ello es la conservación testimonial de las maniguetas, el viejo recuerdo de lo que fueron los brazos de unas andas hoy innecesarios.

Gran Poder en su paso, Foto: Alberto García
Es sin duda Sevilla la cuna y máxima expresión de los pasos como elemento para la procesión de imágenes sagradas, además es junto a los carros triunfales el tipo de andas en el que existe una mayor carga artística. Los pasos de carga interior respondieron en sus versiones más primitivas y humildes al modelo de mesa, una estructura (denominada parihuela) con cuatro patas sobre la que se dispone un tablero y en cuyo interior se instala un sistema de carga (banzos o trabajaderas, según la carga sea a hombros o a costal). A partir de esa estructura se desarrolla la labor artística en elementos tallados. La idiosincrasia sevillana ha configurado dos modelos de paso: pasos de misterio y pasos de palio. Los pasos de misterio vinculados a escenas de la Pasión y Muerte de Cristo se caracterizan por llevar sobre la parihuela el canasto, una suerte de peana de grandes dimensiones en cuya talla el artista dispone la carga simbólica de su obra. Bajo el canasto cubriendo la zona más alta de la parihuela se sitúan los respiradores. La Semana Santa de Sevilla conserva tres pasos que testimonian el esplendor barroco: el del Cristo del Amor de 1694, aunque alterado en 1916, el de la Hermandad de la Mortaja de 1710 y sobre todos ellos el paso del Gran Poder obra de Ruíz Gijón, de gran carga teológica en la exaltación del Gran Poder de Dios y de meritoria ejecución de las tallas, cartelas y la gran corte de ángeles que circundan el paso. En el caso de palio el elemento clave es este enser litúrgico que a comienzos del siglo XVII se traslado desde los cortejos a las andas de las imágenes, síntoma de la gran reverencia pública que causaba la presencia en las  calles de las imágenes de devoción.  La labor de talla, mejor dicho de orfebrería, recae en los respiraderos, aunque en ocasiones están realizados en soporte textil,  sobre la parihuela se disponen los varales que sostienen el palio conformando con la candelería y el manto una conjunción de orfebrería y bordados de gran valor estético y con altas cotas de calidad artística.

Virgen de la Soledad en mesa de gradas (Zamora)
La influencia de la Semana Santa de Sevilla durante el siglo XIX, en el marco de los comienzos del turismo y la proliferación de las guías del viajero, trasladó elementos propios de la capital hispalense a ciudades ajenas a su influencia natural. Un claro ejemplo es Zamora, la Semana Santa de Zamora que hoy es paradigma de las celebraciones más austeras de Castilla se transforma profundamente a finales del siglo XIX tamizando su herencia barroca hacía el cariz romántico que hoy en día aún conservan las cofradías históricas. En ese marco en Zamora se impuso a mediados del siglo XIX un modelo de paso denominado mesa procesional que se caracterizaba por la carga interior y la sucesión de gradas doradas con sencillas labores de talla. La sustitución de las tradicionales andas por este modelo parece responder a una reinterpretación de los pasos que se realizaban en Sevilla a mediados del siglo XIX, que sin duda configuró un modelo propio que estuvo vigente hasta mediados del siglo XX. Las mesas de gradas doradas fueron evolucionando hacía un estilo singular y propio que define claramente a las mesas procesionales de Zamora, se trata de composiciones de líneas sobrias en las que la labor de talla se reduce a los respiraderos, por lo común de perfil rectangular, en los que se integran puntualmente alguna escena o cartela pero que por lo general se limitan a decoraciones vegetales, quedando siempre el conjunto en las tonalidades propias de la madera.

Los carros

Cúpula del carro de la Virgen de la Hiniesta, Zamora
Volviendo a la primera división sobre la forma de sacar en procesión a las imágenes, había quedado aplazado un segundo campo el de los carros y carrozas procesionales. Un recurso que se desarrolla paralelo a la evolución de las andas y que alcanzó grandes cotas de mérito en el contexto del barroco.  Se pueden localizar tres grandes categorías: los carros de romería, los carros triunfales y alegóricos, y los pasos a ruedas.

Los pasos a ruedas es necesario mencionarlos por no obviar una categoría muy común a lo largo de la geografía española. Su naturaleza, por lo general de opción alternativa ante la falta de cargadores o el peso de los pasos, hace que su estética y tratamiento suela responder a las líneas de estilo marcadas por los pasos y andas del lugar o zona.

Los carros de romerías tienen un origen claramente funcional, solventar el traslado a grandes distancias de imágenes de devoción, ejemplos de este tipo los encontramos en las crónicas de la procesión de las imágenes en el siglo XVII en Zamora, la Virgen de Valme en Dos Hermanas o la de los Remedios de San Lorenzo de el Escorial. Por lo general los carros que han sobrevivido lo han hecho muy marcados por la propia evolución de los carros de tiro animal, aunque los conservados de finales del XVIII como el de la Virgen de la Hiniesta en Zamora testimonian su naturaleza de altares portátiles. El carro de romería más conocido hoy en día son las carretas que portan los Simpecados en la romería del Rocío, baldaquinos de plata tirados por bueyes y muy marcados en cuanto a los diseños de orfebrería por el desarrollo del paso de palio.

Fondo "La Virgen de luto"
Por último en el contexto de las grandes celebraciones públicas de exaltación de la Fe se hace común el diseño de carros triunfales y alegóricos, especialmente en las celebraciones del Corpus. Se trata de grandes maquinas cargadas de imaginación en las que se potencia la carga simbólica. Su naturaleza en muchos casos de recurso efímero ha provocado que no se conserven demasiados ejemplos. Uno de los conjuntos más destacados son las Rocas del Corpus de Valencia cuyo origen se sitúa en 1392, se trata de once carros triunfales realizados entre el siglo XVI y el XXI con alegorías y santos vinculados a Valencia.  Los carros triunfales en ocasiones también se diseñaban para el desfile de imágenes devocionales, uno de los casos más destacados era el paso de la Soledad de Arganda, patrona de la Villa madrileña, sobre las líneas de una elegante barca y escoltada por un ángel que porta la Cruz triunfante se exaltaba el misterio de la soledad de María.






 Artículos sobre Patriomio cofrade:

IV. Las andas, pasos y carros.


Javier Prieto Prieto, gestor cultural.

martes, 15 de enero de 2013

El patrimonio cofrade II: Arquitectura



Capilla de la Hdad. Tres Caídas, S.Isidoro

La constitución del patrimonio de las cofradías sigue una línea de prioridades, casi a la manera de la pirámide de Maslow, una vez que se cuenta con una imagen a la que rendir culto es necesario buscarle un espacio donde hacerlo, de esta manera se impulsa la instalación de altares, retablos, la construcción de capillas e incluso en algunos casos la erección de iglesias propiedad de la cofradía.

La arquitectura promovida por y para las cofradías suele estar marcada por la funcionalidad de los espacios, templos adaptados para el culto a las imágenes titulares y la organización de la vida de la cofradía, suelen contar con puertas amplias para la organización de procesiones y en ocasiones con espacios anexos para almacenamiento y tesoro. No obstante, insistiendo de nuevo en los múltiples matices del patrimonio cofrade podemos hablar de varias categorías de arquitectura cofrade.

El espacio arquitectónico más común es la capilla, construcciones anexas a la iglesia titular en la que se erige la cofradía que solían ir acompañadas de una fundación para sostener su conservación. Se solían cerrar mediante rejería y acogían las imágenes titulares durante el culto diario, celebrándose las funciones en la propia capilla, mientras que para las celebraciones principales se solían trasladar las imágenes al presbiterio del templo.

Capilla Hdad. de los Javieres, Omnium Sactorum
En un principio se trataban de pequeños espacios anexos a la iglesia matriz. Un buen ejemplo es la actual capilla de la Hermandad de los Javieres, donde se fundaría la Hermandad del Silencio en 1340, una capilla de planta cuadrada, cubierta por una cúpula sustentada sobre trompas (SILENCIO, nº130, pags. 42-43). A medida que avanzan los siglos las capillas anexas amplían sus dimensiones, adquiriendo casi planta de iglesia, aunque comunicada con el templo matriz, buen ejemplo son la capilla de Nuestra Madre de las Angustias de Zamora construida a partir de 1581 junto a la iglesia de san Vicente Mártir o la capilla de la Hermandad del Silencio de Sevilla en su actual templo de San Antonio Abad (SILENCIO, nº130, pags. 44-48). Pero de entre todas las cofradías el principal exponente en cuanto a construcción de capillas en el interior de las iglesias son las hermandades sacramentales titulares de las grandes capillas dotadas de valiosas obras de arte destinadas a guarecer y fomentar el culto al Santísimo Sacramento.

Otra tipología de construcción recurrente eran los humilladores y ermitas, pequeños edificios por lo general construidos en las afueras de la localidad. Suelen estar vinculados a procesiones, rogativas y romerías, como la Ermita del Cristo de Valderrey en Zamora.  Con los mismos criterios de espacio reducido se construían también pequeñas capillas urbanas, muchas de ellas perdidas por el desarrollo urbanístico, Ermita de Ntra. Sra. del Socorro en las inmediaciones de la plaza de Viriato de Zamora; o ampliadas por el desarrollo de la hermandad, capilla del Baratillo en Sevilla. Los procesos de desamortización también fomentaron la presencia de capillas en el entramado urbano, muchos conventos y hospitales desaparecieron quedando sólo en pie las capillas custodiadas por cofradías y hermandades, capilla de la hermandad de Monte Sión en Sevilla.

Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz, Valladolid
La etapa de esplendor que las cofradías vivieron durante el barroco propició la construcción de templos propios. Las cofradías decidían levantar sus propias sedes para albergar a sus titulares y celebrar sus nutridas funciones, motivadas además por la búsqueda de cierta independencia respecto al control de la parroquia. Se trata de un fenómeno común en Castilla y León, especialmente en Valladolid donde las grandes cofradías erigieron notables templos símbolos de su época de mayor auge: iglesia de la Pasión construida a partir 1577 por la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo,  de la misma época son las iglesias de la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz y la de la Ilustre Cofradía Penitencial  de Nuestra Señora de las Angustias. Aunque algo más tarde, ya a mediados del XVII, también construye iglesia propia la Insigne Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno.  Un ejemplo singular por su gran belleza es la iglesia de la Vera Cruz de la cofradía homónima de Salamanca, erigida bajo proyecto de Gil de Hontañón a mediados del siglo XVI fue reformada por Joaquín Churriguera en 1714 y declarada BIC el 25 de marzo de 1983.  En Sevilla, encontramos dos ejemplos: la iglesia de Nuestra Señora de la O, construida por la cofradía sobre los terrenos de un antiguo hospital en 1702 (desde 1911 cedida para uso parroquial), y la iglesia de San Antonio Abad, propiedad de la Hermandad del Silencio por  donación de S.M. Carlos IV mediante Real Orden de 15 de septiembre de 1793.

Basílica de la Esperanza, Málaga.
A partir de mediados del siglo XX la nueva etapa de esplendor de las cofradías, especialmente penitenciales, provoca un nuevo proceso de reforma y construcción de templos y capillas que encuentra su respaldo en la autoridad eclesiástica con la concesión a varios de ellos del rango litúrgico de Basílica Menor. Así las dos grandes devociones de Sevilla inician el proceso para la construcción de templos propios, en 1949 la Hermandad de la Macarena bendice su nuevo templo de planta tradicional con gran nave central, amplío presbiterio y capillas laterales;  por su parte la Hermandad del Gran Poder bendice su nueva capilla, de planta circular, en 1965.  Ambas iglesias fueron posteriormente consagradas como Basílicas, la de la Esperanza Macarena en 1966 y la dedicada al Señor de Sevilla en 1992. También en 1988 la Hermandad malagueña del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza construyó un nuevo templo para sus imágenes titulares consagrado como Basílica menor el mismo año. En fechas recientes ha alcanzado este rango la capilla de la hermandad del Cachorro, siendo la primera basílica del barrio de Triana.

Las cofradías no solo tenían capillas e iglesias, la actividad de la hermandad exigía la tenencia de dependencias anexas vinculadas a sus distintas naturalezas: hospitales para labores asistenciales (Cofradía de Jesús Nazareno, Córdoba),  paneras o salas de pasos (Hermandad de la Crucifixión, Medina de Rioseco) o las actualmente conocidas como casas de hermandad. De este último tipo de construcciones, dedicadas a la atención de los cofrades y las tareas rutinarias de la cofradía,  una de las primeras referencias la encontramos en Zamora  y en el año 1503. En las Ordenanzas de Nuestra Señora de San Antolín y del Señor Santiago de la ciudad de Zamora, actual Cofradía de Ntra. Sra. de la San Antolín o de la Concha, se cita la existencia de una sala de la cofradía en donde los cofrades se reunían para compartir decisiones y mantel, se encontraba en la calle Toral situada en los aledaños de la sede la cofradía. 


Otros capítulos:


II. Arquitectura 
III. Arte mueble
IV. Textiles y orfebrería
V. Música, arte efímero y escenografía.
VI. Documentación y testimonios gráficos.
VII. Patrimonio inmaterial


Fotografía 1: Capillla de la Hermandad de las Tres Caídas, iglesia de San Isidoro, Sevilla. Fuente: Archivo Javier Prieto.

Fotografía 2: Capilla de la Hermandad de los Javieres, iglesia de Omnium Sanctorum, Sevilla. Fuente: Blog Leyendas de Sevilla. Autor: Pepe Becerra.

Fotografía 3: Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz de Valladolid. Fuente: Blog Domus Pucelae. Autor: Vicente Camarasa. 

Fotografía 4: Basílica de la Esperanza, Málaga. Fuente: Web Archicofradía del Paso y la Esperanza, Málaga.

Javier Prieto, gestor cultural.

lunes, 14 de enero de 2013

El patrimonio cofrade I: Escultura y pintura

Detalle, Aparición de Ntra. Sra. de S.Antolín

El carácter devocional que impulsa y nutre a las cofradías ha motivado la tenencia de valiosos enseres destinados a los oficios religiosos y el ornato de las imágenes titulares, adquiridos por encargo de la propia institución o mediante donaciones y contribuciones de devotos y benefactores. El acervo patrimonial de las cofradías generado por el paso de los siglos nos ofrece hoy un conjunto de incalculable valor y gran riqueza de matices. 

Su puesta en valor debe partir primero de la propia cofradía: reconociéndolo, procurando su inventariado y conservación, y especialmente velando por su natural puesta en valor dedicándolo al fin para el que nació; para ya en una segunda etapa analizar su valor cultural y su posicionamiento para ser aprovechado por el resto de la sociedad, en lo cultual pero también en otras muchas facetas, que desde el respeto a su fin primordial, enriquezcan el valor y el contenido de los bienes mediante su gestión y aprovechamiento.


La dimensión y variedad de este patrimonio es una de sus fuentes principales de riqueza, cada pueblo ha aportado a sus cofradías matices, personalidad, artesanías, idiosincrasias que han dado lugar a que una misma institución, las cofradías, tengan manifestaciones muy diversas en función del lugar y la sociedad en la que se integran. Se trata de un fenómeno que no afecta de forma tan clara al patrimonio eclesiástico con matices derivados de las escuelas locales y regionales, pero siempre supeditado a los grandes estilos artísticos.

A priori el patrimonio más común y fácilmente reconocible en las cofradías es el escultórico, su naturaleza las ha impulsado a adquirir representaciones de sus advocaciones titulares. Son varios los ejemplos de hermandades que cuentan entre sus imágenes titulares con auténticas joyas de la historia del arte: El Gran Poder, de Juan de Mesa, de la  cofradía homónima en Sevilla; Jesús atado a la columna, obra de Gregorio Fernández, de la cofradía la Vera Cruz de Valladolid o la Inmaculada, también del mismo autor, de la Vera Cruz de Salamanca

La evolución de las propias hermandades ha generado además un amplío conjunto de imágenes sustituidas, figuras secundarias de los pasos procesionales, ángeles y representaciones vinculadas al arte efímero, que en ocasiones por no ser su naturaleza principalmente cultual pueden pasar desapercibidas a pesar de su valor o se encuentran en un segundo plano devocional.  Un significativo ejemplo del valor de estas imágenes sustituidas lo encontramos en la Hermandad Servita de Cádiz y su imagen fundacional: la Virgen de los Dolores, realizada en 1729 por el escultor José Montes de Oca.  Se trata de una talla marcada por los rasgos reconocibles de la obra del autor sevillano y que es custodiada por la orden seglar desde su ejecución a pesar de haber sido remplazada por la actual titular en fechas muy tempranas, ha sido restaurada por Pedro Manzano en 2011.

Las colecciones pictóricas de las cofradías pueden dividirse por lo general en dos grandes categorías en función de si están destinadas al culto o bien forman parte de la decoración de capillas y estancias. Las primeras responden a  la misma necesidad que las imágenes escultóricas, tener un soporte material de la devoción que sostiene la cofradía, siendo habitual en las cofradías de ánimas y en las hermandades que tienen como titular advocaciones antiguas. En esta línea hay que señalar, por lo meritorio de la intervención, la reciente restauración de la capilla de la Virgen de Roca-Amador llevada a cabo por la Hermandad de la Soledad de San Lorenzo de Sevilla,  en la que se ha intervenido el icono pictórico que recoge esta advocación titular de la cofradía. (ver noticia). 

Virgen de la Soledad, Medina del Campo
Pero también las cofradías adquirían y encargaban cuadros destinados a decorar sus capillas e iglesias, solían recoger representaciones de santos vinculados a la cofradía, advocaciones cercanas y en los mejores casos reflejaban aspectos de la propia cofradía, así son comunes los cuadros dedicados a Vírgenes aparecidas en los que se narra el hallazgo de la talla, u otros dedicados a festejos y solemnidades que son fiel reflejo de las celebraciones de la cofradía en el momento de pintarse, algo de lo que son buen ejemplo los cuadros de la Cofradía de Ntra. Sra. de San Antolín o de la Concha, que narran la aparición y llegada de la patrona de Zamora. (Hasta marzo de 2013 se encuentran en la exposición Rosa Escogida. 950 aniversario de la Virgen de la Concha en el Museo Etnográfico de Castilla y León.)

Pero los cuadros también tienen un gran valor documental para las cofradías, ya que han sido, junto a los grabados, la principal vía de transmisión de las devociones, trasladando estilos e influencias a lo largo de la geografía española e iberoamericana. El caso más significativo es de la Nuestra Señora de la Soledad de la Victoria del escultor Gaspar Becerra, cuyas reproducciones pictóricas se hallan repartidas por infinidad de lugares, algo que la convirtió en modelo y referencia para la creación de una nueva iconografía, aspecto este último que ha sido fruto de un reciente estudio por D. Eduardo Fernández Merino bajo el título “La Virgen de Luto”.

Próximos capítulos:

III. Arte mueble
IV. Textiles y orfebrería
V. Música, arte efímero y escenografía.
VI. Documentación y testimonios gráficos.
VII. Patrimonio inmaterial





Fotografía 1: Detalle del cuadro de Aparición de la Virgen de la Concha, anónimo ss. XVII-XVIII. Iglesia de San Antolín,  Cofradía de la Ntra. Sra. de San Antolín o de la Concha. 

Fotografía 2: Virgen de los Dolores, José Montes de Oca 1729. Orden  Seglar Siervos de María Santísima de los Dolores, Cádiz. Fuente: Blog La Sacristía del Real.

Fotografía 3: Virgen de la Soledad, Anónimo. Ermita de la Virgen del Amparo, Medina del Campo (Centro San Vicente Ferrer). Fuente: Página de Facebook de La Virgen de luto.

Javier Prieto Prieto, gestor cultural.